Y el Almirante dijo que sí… En ese preciso instante por su cabeza pasaron mil y un recuerdos de una vida que pretendían echar por tierra cada una de las razones por las que había concluido su decisión. Pero ahora todo estaba dicho. No había vuelta atrás…
John, recogió sus cosas y se fue…… Se alejó azotado por el viento que un día le trajo hasta aquí. Los botones de su arrugada camisa intentaban deshacerse del hilo que un día los cosió. Un cielo gris que enfurecía a los borreguillos de las olas que se disipaban más tarde en tinta de calamar. Se fue cabizbajo, con hombros derrotados. Unas piernas pesadas, que solo llenaban sus zapatillas de arena en lugar de hacerle andar. Incómoda arena que impide caminar….que tras mil y un pasos daría lugar a una herida que le recordaría aquel momento en los siguientes días al caminar. Así se sentía John, arena tenía en el corazón. Tan siquiera toda el agua de aquel rugiente mar podría hacer desaparecer esas dunas que en este momento estaban haciendo sangrar cada parte de su corazón. No miró atrás…
En los días siguientes se limitó a sollozar en su dolor. Se dedicó a calmárselo con agua dulce que finalmente se transformó en un barrizal. Ahora sólo quedaba una opción, esperar a que ese barrizal se secase y poder así levantarse y volver a caminar…
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